Ha pasado un mes y todavía sigo pensando cómo empezar a escribir sobre Camerún, sobre Yaundé, sobre Mvog Betsi (el barrio), sobre un hospital...pero sobre todo: sobre las personas que lo habitan y la relación que las mismas establecen con el medio.
Camerún se sitúa en África Central, cubre una superficie de 475.650 Km² y limita al Oeste con Nigeria, al Noreste con el Chad, al Este con la República Centroafricana y al Sur con Congo, Gabón y Guinea Ecuatorial. El país cuenta con más de 230 etnias repartidas en 5 grandes grupos: Soudanies, Hamites, Sémites en el norte y Bantous y etnias próximas y los Pigmeos en la zona oriental. La población es joven, según datos nacionales del 2005 el 44,6% de la población es menor de 15 años.
Por su parte, tenemos Yaundé (Yaoundè), capital de Camerún, de la Provincia Centro y del departamento de Mfoundi, es decir, la capital de las capitales. La ciudad ocupa 304 km² y alberga aproximadamente a 2 millones de habitantes. Fue fundada en el 17 de Febrero de 1887 por Alemania. Yaundé procede de “Ongola” que significa cerrado o cercado: fue un combatiente de la primera resistencia, Ombga Bissogo, el que cerco la ciudad con una valla para que esta no fuera entregada a los “blancos”. La llaman también la ciudad de las 7 colinas porque está rodeada por montañas.
Mvog Betsi es un barrio periférico de la capital, construido sin ningún tipo de planificación, es el resultado del éxodo masivo de personas procedentes del medio rural, una emigración que pretende instalarse a las puertas de la ciudad en busca de oportunidades. Los recursos disponibles son muy limitados y no cubren las necesidades básicas: hay un pequeño pozo, el acceso al barrio se corta en caso de lluvias, el camión de la basura pasa una vez por semana (por lo que generalmente los residuos se queman) y está desprovisto de letrinas. Se calcula que la población del Mvog Betsi es de 8.000 habitantes (no existe censo poblacional de la zona). La clase socio-económica es claramente baja. La etnia ETON de la tribu EWONDO es mayoritaria en el barrio, aunque en el mismo se pueden encontrar personas procedentes de las tribus BAMILEKE, BAMUA Y BASA entre otras.
Pero entremos en materia: ¿Qué sucede cuando alguien ajeno a este entorno irrumpe en él?, ¿y si ese alguien es aparentemente diferente?..Vamos a ir más lejos, vamos a superar los tabúes. Porque no decirlo de manera transparente, ese alguien no es cualquier persona… ¿Qué ocurre cuando un/a blanco/a se instala en un suburbio de Yaundé? Pues bien, el abanico de reacciones es amplio: algunas personas muestran admiración, sorpresa y/o alegría, en cambio otros miedo, rabia, descontento y/o desaprobación. El caso es que todas ellas son el reflejo de un dura realidad: la pertenencia a dos mundos, dos realidades muy diferentes. Identidades construidas sobre un absurdo: el color de la piel. Así es como nos etiquetamos, encerrados en una dicotomía constante: nosotros/as y ellos/as, blancos/as y negros/as, Europa y África Subsahariana, Norte y Sur, etc. Los procesos de socialización de dichas dicotomías nos han organizado del siguiente modo: se nos ha atribuido una serie de características en función de la pertenencia a uno u otro grupo, es decir, los/as blanco/as se relacionan con la inteligencia, la riqueza (el dinero) y la superioridad, mientras los/as negro/as con el trabajo, la pobreza, el hambre y la inferioridad (todo esto sin entrar en cuestiones de género pero sugiriendo que aquellos/as más sensibilizados/as con el tema presten atención). En conclusión, dos dicotomías opuestas, contrarias y enfrentadas a lo largo del pasado, el presente y el futuro.
Volviendo al tema que nos ocupaba: ¿Qué acontece cuando un/a blanco/a entra en el mundo de los/as negros/as?, ¿Cuándo todo cambia y lo que se considera normal se vuelve raro? El/la blanco/blanca llama la atención para bien y para mal, generalmente para mal porque nunca pasará desapercibido. Todo el barrio sabe donde vive, que hace y por donde se mueve. En cuanto a su relación con el medio, el/la blanco/a no está en su sitio, no reúne las condiciones para adaptarse: el sol quema su palidez, el calor le hace sudar constantemente y se deshidratarse, en la oscuridad no tiene donde refugiarse, etc. Todo cambia, hasta el sentido del tiempo es otro. El tiempo se relativiza: no hay horarios, el autobús sale cuando está lleno y se espera sin más…una lista infinita de carencias, carencias a las que no estamos acostumbrados (recomendar únicamente el libro de Ébano de Kapucinski, en los primeros capítulos describe esta situación fenomenal).
En cambio, si superamos la dicotomía, prestamos atención a los detalles y rompemos con los estereotipos clasistas y tradicionales, podemos encontrar que entre “nosotros/as” mismos/as hay diferencias igual que entre “ellos/as”. Descubrimos que lo que esconde cada uno de estos dos grupos son personas. Aparece otra realidad en la que las diferencias se valoran por igual, es decir, reclamamos la igualdad reconociendo las diferencias. Realizar este salto de calidad conlleva su tiempo pero como decía Emilie (camerunesa, 22 años, economista y gestora de un hospital del sur): se trata de superar los complejos de superioridad y de inferioridad, de percibirnos con las mismas capacidades pero siendo conscientes de que las condiciones (facilidades y dificultades) son diferentes, reconocernos como sujetos activos y responsables de nuestras acciones, dejando de lado el victimismo y la pasividad.