La Convención de los Derechos del Niño (nótese que no de las Niñas…) de 1989 , aprobada por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, sostiene que por niño se entiende todo ser humano menor de 18 años de edad, salvo que, en virtud de la ley que le sea aplicable, haya alcanzado antes la mayoría de edad. Entre los derechos que se contemplan en dicha Convención encontramos entre otros: el derecho a la vida, a la supervivencia y al desarrollo; el derecho a tener nombre y una nacionalidad; a conocer a sus padres y a ser cuidados por ellos; a no ser separados de sus padres; el derecho a disfrutar del más alto nivel posible de salud y de los servicios para el tratamiento de las diversas enfermedades; el derecho a la alimentación nutritiva e higiénica; a beneficiarse de la seguridad social; etc.
Frente a la idea de infancia del sistema capitalista patriarcal, más comúnmente aceptada, en la que infancia necesariamente implica un espacio delimitado y seguro, separado de la edad adulta, en el cual los niños pueden crecer, jugar y desarrollarse, surgen otras posibilidades. No hace falta realizar una búsqueda bibliográfica exhaustiva para encontrar las primeras contradicciones. Según UNICEF, infancia significa mucho más que el tiempo que transcurre entre el nacimiento y la edad adulta, se refiere al estado y la condición de la vida de un niño: a la calidad de esos años. Es decir, los niños y las niñas que viven en la mayor miseria, sin alimentos adecuados, sin acceso a la educación, al agua potable, a instalaciones de saneamiento y a un lugar donde vivir no disfrutan de la infancia. Por tanto infancia es la calidad de las vidas de los niños y las niñas, la cual puede cambiar de manera radical dentro de una misma vivienda, entre dos casas de la misma calle, entre las regiones y entre los países industrializados y en desarrollo.
Si por casualidad reparamos en los datos estadísticos de UNICEF (2011) vemos que en Camerún hay unos 716.000 nacimientos al año; la tasa de mortalidad infantil entre niños/as menores de 5 años es de 127 (por cada 1.000 niños/as) y entre menores de un año de 79 (por cada 1.000 niños/as); y la esperanza de vida al nacer es de 51 años. Se calcula que aquí, en Camerún, más de un 40% de las muertes de niños y niñas menores de cinco años se deben al paludismo (malaria), y menos del 1% de los/as niños/as cameruneses duermen bajo la protección de mosquiteras tratadas con insecticida. Pero estas cifras son únicamente números. Números que adquieren algún sentido en comparación con otros: en España (2011), hay aproximadamente 499.000 nacimientos anuales; la tasa de mortalidad entre los menores de 5 años es de 4 (por cada 1.000 niños/as) y entre los menores de un año de 4 (por cada 1.000 niños/as); y la esperanza de vida al nacer es de 80 años.
Obviamente, el panorama es desolador. Pensamos, miramos a nuestro alrededor, atendemos a nuestra realidad y normalidad enmarcándonos en esa definición de infancia placentera, tranquila y protegida. Una infancia donde todas las necesidades están cubiertas en exceso y la atención extrema generadora de la dependencia paterna y materna es inmejorable (en la mayoría de los casos).
Alejándonos de esta posición que el destino o el azar brinda a unos pocos, lejos de victimizaciones y paternalismo, limitándonos únicamente a una descripción de la realidad (aunque siendo conscientes de que racionalidad y emotividad son inseparables), hablaremos de una persona concreta:
Hace tres semanas exactamente, como cualquier otra semana, en Mvog Betsi, nacieron muchos niños/as. Una de esas madres, pongamos que se llama Inés, dio a luz a un niño aparentemente sano. Ella es madre soltera, tiene una hija de 2 años y en los últimos meses ha estado viviendo con su madre y sus hermanos. Inés tuvo al niño en casa de una partera del barrio porque el hospital cuesta mucho dinero. Después de 4 días el niño no tenía nombre, Inés lo tenía que pensar:
- ¿Por qué no Pablo? Así se llama en novio de mi vecina “la blanca”… pero claro, no hay muchos "Pablo" en Camerún…Le llamaré David, como el guardián.
David apenas llora, es un bebe tranquilo. Con el pasar de los días Inés está cansada, trabaja, hace las labores del hogar y cuida de David con la ayuda de la familia y los/as vecinos/as, todos ellos/as niños/as. Además, por lo visto el bebe come mucho.
Esta mañana, cuando el gallo todavía cantaba y el despertar de un día más estaba por llegar, parte del barrio se ha parado, el tiempo se ha congelado y únicamente un grito ha llenado el espacio. Era Inés…David no respondía entre sus brazos. Dicen que fue el “Palu” (malaria). Fin.
Surgen una serie de dudas. Recordando la definición y los derechos de la infancia, ¿David era un niño?, ¿comenzaba la llamada infancia?...No tuvo nombre hasta que pasaron 4 días, no conoció y no supo exactamente quién era su padre, por tanto no recibió su cariño; no disfrutó de un nivel de salud elevado, no pudo acceder a un tratamiento ni al sistema de seguridad social; obviamente no tuvo una mosquitera impregnada…ni si quiera ha entrado en el 40% de niños que mueren al año en Camerún por paludismo...no hay constancia de su nacimiento, de su existencia.
En memoria de David, 05/11/2010.