El paternalismo es una actitud basada en el poder, es una política autoritaria y al mismo tiempo benévola, una actividad asistencial para el pueblo, ejercida desde arriba. Es decir, se trata de hacer “el bien” (lo que cada uno según sus principios individuales considera hacer “el bien”) a los otros, generalmente contra su voluntad, en detrimento de sus capacidades cognitivas y/o morales para la consecución y obtención de su propio bien. Se puede decir por tanto, que se trata de una relación de poder compuesta por un elemento (persona o estado) que se sitúa de manera sistemática en una posición privilegiada y superior frente a otro elemento (persona o estado) afincado en la sumisión. En definitiva, la clásica y tradicional relación vertical a la que estamos acostumbrados: la habitual organización del mundo y de las relaciones humanas.
Del mismo modo, el paternalismo es definido como el intento de suplir las necesidades o regular la vida de una nación o comunidad de la misma forma que un padre (nótese que no madre…será por lo autoritario del asunto) hace con sus hijos. Por lo visto, este término empezó a ser utilizado allá por el siglo XIX en algunos artículos periodísticos relacionados con el ámbito de las relaciones laborales y las relaciones entre las metrópolis y sus colonias (Alemany, 2005).
De nuevo, citando a la Real Académia de la Lengua Españolísima, paternalismo es la tendencia a aplicar las formas de autoridad y protección propias del padre (de nuevo la figura del padre como poseedor de conocimientos) en la familia tradicional a relaciones sociales de otro tipo: políticas, laborales, etc.
El paternalismo, como todo en la vida, tiene diferentes formas y colores: puede ser algo obvio o sutil, puede presentarse disfrazado de cooperante, de religioso/a o como ayuda al desarrollo, etc. El caso es que sea cual sea la manera de hacer presencia el resultado es el mismo:
Pobres a los/as que hay que ayudar → Personas carentes de capacidades personales y sociales, de recursos materiales y ambientales para salir adelante → Salvadores profesionalizados y dotados de sabiduría (divina o científica)→ PUEBLOS DORMIDOS POR LA VICTIMIZACIÓN → IMPOSIBILIDAD DE PARTICIPARY DECIDIR…
Caer en esto desde la lejanía, desde el Norte, no es difícil. Resulta sencillo cuando, desde que se tiene uso de razón, se nos dice que para ser buenos samaritanos hay que ayudar a esa África pobre y miserable que siempre nos necesita. Y es que ése es el peligro de fiarse de las historias únicas, de aquellas historias que damos como válidas y no ponemos en duda: al pobre hay que dotarle de recursos y capacidades ya que carece de los mismos, nos necesita y es por tanto un ser pasivo que recibe y acata. Así, de acuerdo con esta manera de observar África, siempre hemos tenido algo que aportar, alguna verdad que imponer: nuestra racionalidad económica y nuestros planes de desarrollo, nuestra ciencia médica y nuestra industria farmacéutica, nuestra religión y nuestra iglesia, nuestra ética y nuestros derechos del hombre, etc. (Mallart , 2001).
Lejos de esa visión del continente africano, cuando se tiene la oportunidad de acercarse a él, resulta complicado mantener la victimización y el paternalismo. Cuando el entorno se transforma y uno se siente torpe, cuando se ignora como obtener los recursos para satisfacer las necesidades básicas, cuando no se tiene acceso a las nuevas comunicaciones para obtener información…cuando las comodidades occidentales no tienen cabida, el “padre” y la víctima cambian: niños/as capaces de recorrer largas distancias con litros de agua sobre la cabeza, responsables de sus hermanos/as pequeños/as, de la organización del hogar y de su propio ocio y tiempo libre. Hombres y mujeres dotados de paciencia infinita, de una fuerza física y psicológica tal que son capaces de hacer frente a la corrupción, la guerra y al día a día. Todos ellos/as buscadores/as y conocedores/as natos/as de recursos naturales y manufacturados que les hacen más fácil la existencia.
En este sentido y dadas las circunstancias, resulta complicado no deconstruir y desmentir falsas creencias relacionadas con los/as africanos/as, con aquellos/as habitantes de los llamados “países en vías de desarrollo”. ¿Realmente necesitan nuestra ayuda? ¿Qué ayuda necesitan? Contrariamente a la imagen de víctima paralizada, África está en continuo movimiento.
...Es un África que quiere vivir pero caminando a su ritmo sin ser humillada y sin ser el objetivo de todos aquellos que siempre tienen algo que decir, que enseñar y que dar. Esta África no necesita nuestra ayuda. Está harta. Lo que necesita es nuestro respeto, nuestra consideración y puede que otra manera de concebir nuestra solidaridad: aquella que nos hiciera capaces de denunciar las leyes de un sistema económico y político que hace que las distancias entre los ricos y los pobres sean cada vez más grandes (Mallart, 2005).
A Bea Pérez, porque como bien sabes África se mueve solita.
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